La revisión necesaria de la palabra “recuperación”

La palabra recuperación tiene algo tranquilizador incluso balsámico. El término nos evoca la idea de mejoría, de descanso después de la enfermedad, de un regreso posible a la “normalidad” . Según la Real Academia Española, recuperar significa: “volver a tomar o adquirir lo que antes se tenía” o “volver a un estado de normalidad después de una situación difícil”. En ese sentido literal recuperarse implicaría regresar a un lugar anterior.

Sin embargo, cuando esta palabra y su significado se aplica a la experiencia del suicidio —sobrevivir a un intento o sobrevivir a la muerte de alguien querido que ha fallecido por suicidio— empieza a mostrar sus límites. Porque esa definición contiene un supuesto silencioso, una premisa sobreentendida: que existe un estado previo al que es posible volver.

Y muchas personas sobrevivientes y supervivientes sabemos, o descubrimos, que ese lugar ya no existe.

La experiencia del suicidio introduce una ruptura en la biografía individual y familiar. Cambia la manera de comprender la fragilidad humana (la propia y la ajena)el dolor y el valor de la vida digna. Después de atravesar algo así, el mundo y uno/a mismo/a no se percibe exactamente igual. Algo se desplaza y se transforma en los esquemas construidos pasados, presentes y futuros, a la vez que una nueva realidad desvelada nos cambia algo (o todo) en la forma de mirar, de entender, de sentir y de recordar.

Por eso, para muchas personas sobrevivientes y supervivientes, la palabra recuperación puede resultar incómoda. Por eso para nosotros y nosotras la revisión de la palabra recuperación es necesaria. La forma, el tono y desde la posición desde la que recibimos el mensaje de la búsqueda del grial de la recuperación parece sugerir que para acabar con el dolor y sufrimiento emocional extremo es restaurar una versión anterior de uno mismo y una misma, como si lo ocurrido pudiera deshacerse. Pero la experiencia suele ser distinta. Más que una recuperación en sentido literal, lo que ocurre es una reconstrucción: una reorganización más o menos lenta, más o menos constante, más o menos lineal de la vida que incorpora aquello que (nos) pasó.

Autores como Judith Herman o Viktor Frankl han descrito la recuperación no como un retorno al estado anterior, sino como un proceso de reconstrucción de la seguridad, la identidad y el sentido. Incluso en las experiencias más extremas, los seres humanos buscan reconstruir significado en sus vidas.

Cuando el testimonio se convierte en exposición pública

Si el concepto de recuperación ya genera debate interno, esta tensión se vuelve todavía más visible cuando la experiencia personal se convierte en testimonio público.

Quienes participamos como activistas en prevención o postvención del suicidio sabemos que contar nuestra historia puede tener un impacto real en otras personas. Escuchar a alguien que ha atravesado una crisis profunda y es capaz de hablar de ella en pasado puede abrir una grieta a la esperanza —por donde entra la luz, parafraseando a Leonard Cohen— para quienes atraviesan momentos muy oscuros.

En ese contexto, las historias de “recuperación” cumplen una función importante: permiten imaginar un futuro posible.

Pero también pueden generar una paradoja.

El discurso público suele preferir relatos claros: alguien sufre, alguien se recupera y alguien transforma su experiencia en ayuda para otras personas. Es una narrativa poderosa, inspiradora y socialmente muy aceptada. La historia de superación hecha relato.

Sin embargo, la experiencia humana casi nunca es tan lineal.

Quienes contamos estas historias seguimos siendo personas atravesando procesos propios. La memoria no desaparece, la vulnerabilidad no se evapora y el dolor no siempre encaja en la idea de un proceso completamente resuelto.

A veces incluso aparece la sensación de que el rol público exige encarnar una versión más estable y fuerte de lo que realmente somos: esa persona que “ya se recuperó”, la prueba viviente de que todo puede superarse.

Pero la realidad es más ambigua.

La prevención sí es posible

En el ámbito de la prevención del suicidio existe además otro desafío importante: combatir mitos profundamente dañinos.

Uno de ellos es la idea de que quien tiene conducta suicida “lo será siempre”. Otro, muy relacionado, es pensar que la prevención no es posible. Ambos discursos generan fatalismo e inacción.

Si el suicidio se percibe como una condición inevitable o permanente, entonces buscar ayuda o acompañar a otras personas parece no tener sentido. Ese “no se puede evitar” ha servido durante mucho tiempo para mirar hacia otro lado sin demasiados remordimientos.

Por eso resulta tan difícil moverse entre la imagen de una recuperación estable y la vivencia interna real. Porque la recuperación no es una condición estática, sino un proceso continuo. La prevención es posible, pero eso no significa que la vulnerabilidad desaparezca para siempre.

Quienes han vivido una pérdida o una conducta suicida no desarrollan una inmunidad absoluta frente al sufrimiento.

Y, sin embargo, mostrar esa parte más vulnerable con total honestidad puede hacer que algunas personas refuercen precisamente los prejuicios que se intentan combatir: “quien quiere hacerlo, lo hace”, “el suicidio no se puede evitar” o “quien es suicida lo será siempre”.

La experiencia y el testimonio de muchas personas muestran justamente lo contrario: las crisis suicidas cambian, fluctúan y pueden atravesarse.

Pero reconocer esto no implica hablar de recuperación como un estado perfecto en el que el sufrimiento desaparece para siempre. Porque cuando se transmite esa idea, aparece otro riesgo: que una persona interprete cualquier recaída emocional o momento de vulnerabilidad como un fracaso personal.

Recuperar la posibilidad de vivir

Quizá por eso algunas voces dentro de la prevención estamos empezando a replantear el significado de la palabra recuperación. No para abandonarla, sino para entenderla de otra manera.

La recuperación no sería entonces un regreso al pasado ni una inmunidad permanente frente al dolor.

Sería, más bien, la recuperación de la posibilidad de vivir: la capacidad de pedir ayuda, de construir vínculos, de desarrollar nuevas formas de cuidado y de descubrir que el dolor, aunque forme parte de la historia, no tiene por qué definir todo el futuro.

Desde esa perspectiva, cuando una persona sobreviviente o superviviente comparte su historia en prevención, no necesariamente habla desde el final del camino.

Habla desde el hecho de que el camino continúa.

Y de que, incluso con todas sus dificultades, todavía es posible seguir recorriéndolo. 

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